lunes, 13 de junio de 2011

Mesotes

A veces adoptamos una actitud o una conducta sin saber realmente por qué, al menos a nivel consciente. Es entonces cuando la mente se vale de todo tipo de trucos y artimañas para proporcionarnos una explicación plausible a nuestros actos; son lo que llamamos excusas. Y es que el subconsciente, ese titán desconocido e ingobernable, es el que tiene la última palabra. ¿Por qué cambiamos de decisión en el último momento, cuando aparentemente ya lo teníamos todo claro? ¿Por qué cometemos errores irreversibles y navegamos a contracorriente, en lugar de fluir tranquilamente por las aguas de la lógica? Y yendo todavía más lejos, ¿por qué cometemos crímenes por los que tarde o temprano deberemos pagar un precio muy elevado?
Pero también es verdad que la improvisación es bonita. Y la locura añade un toque de color a la escala de grises de la sensatez. Qué aburrido sería tenerlo todo premeditado, calculado, previsto, como un científico que mezcla rigurosamente varias sustancias, midiendo con cuidado las cantidades de cada una con tal de obtener el efecto deseado.  Es, en todo caso, más emocionante la elaboración de un perfume: mezclar olores, unos más sutiles, otros más estridentes, que cuando se entrelazan, dan como resultado un exquisito aroma, sea una agradable esencia afrutada o un coqueto y sensual perfume de vainilla. Tal proceso no deja de ser metódico y preciso, pero es a la par creativo y artístico, calificaciones que podemos aplicar sin duda a cualquier disciplina que requiera técnica e imaginación, como la pintura, la música, la poesía…  Para que luego algunos se empeñen en erigir un muro entre ciencias y letras, siendo estas últimas, en muchas ocasiones, tratadas con desdén y menosprecio por parte de los estudiosos más pragmáticos que arguyen que “las letras no sirven para nada”.
Quizás solo sea cuestión de racionar las dosis de locura para no caer en esa especie de limbo donde vagan sueños irrealizables, ilusiones inalcanzables, ideales marchitados.  Cada uno debe ser consciente de sus propias limitaciones y no apuntar demasiado alto. La vanidad es mala, así como es mala la carencia de aspiraciones. En pocas palabras, sería algo así como “debes soñar pero no demasiado, ser idealista y práctico a la vez”. ¿No se nos exige demasiado en esta vida? Solvencia, perseverancia, capacidad de resistir, de persistir, de seguir adelante a pesar de las adversidades, de volver a confiar a pesar de los desengaños. Y de comedir nuestros actos de locura, pues ésta nos lleva a la inestabilidad e incluso a la ruina; y de evitar convertirnos en esclavos de la lógica, pues ésta nos conduce a la monotonía y a la cohibición.
¡Qué difícil es trazar la frontera entre la razón y el corazón! “Sé que no es lo adecuado para mí, pero me atrae tanto la idea…” “Sé que es perjudicial pero me parece tan excitante…” Así es como nacen y prosperan las adicciones, unas nocivas para el cuerpo y otras para el alma. A veces la razón consigue imponerse y dominar las riendas de la locura; algunos simplemente somos lunáticos e intentamos encontrar, a sabiendas de que es una utopía, el punto intermedio, el equilibrio puro y perfecto, lo que algunos filósofos griegos, como Epicuro, bautizaron como mesotes.


domingo, 5 de junio de 2011

Cualquier día es bueno

Nunca parece alegrarse mucho de verme o de oír mi voz al otro lado del teléfono. Cuando le hablo por messenger, me contesta con un simple “ei” y un qué tal de cortesía y luego yo tengo que encauzar la conversación hacia algún tema. No me importa porque ya nos conocemos. Nos vemos, le pregunto por su vida medio en broma, él se ríe, todo sigue igual que la última vez que quedamos. El silencio reclama el protagonismo durante unos segundos, pero siempre se nos ocurre alguna tontería que haga reír al otro. Yo le cuento cosas que tal vez no le interesan pero las escucha con paciencia; él, a su vez, siempre me explica alguna curiosidad y sonrío todo el rato, hasta que acabo con dolor de pómulos. Tres horas vuelan y se evaporan como diez minutos y siempre tengo la impresión de que me dejo cosas por decirle o que algo que le quería explicar me ha salido de una manera totalmente distinta a cómo lo había planteado mentalmente.  Nos despedimos hasta una fecha indeterminada o más bien hasta que me ponga en contacto con él y le diga una hora y un lugar donde quedar. Y no sé por qué me marcho, de vuelta a mi vida, con una sensación de plenitud y de vacío a la vez.

Y aunque vivamos en dos mundos totalmente diferentes y nos veamos una vez al mes, me gustaría que él supiera que estoy allí. Sé que no recurría a mí para pedirme ayuda en el hipotético caso de necesitarla, pero igualmente me gustaría que supiera que cuenta con todo mi apoyo. A veces siento que debo decírselo, explicitarlo, pero sé que en realidad es un pacto que se forja tácitamente. Es un tapiz elaborado con las hebras de la confianza y no hace falta que las palabras intervengan en el proceso. Aun así, ojalá fuera más fácil acercarme a él (o todavía mejor, ir corriendo) y darle un abrazo, sin necesidad de motivos ni justificaciones. Decirle que me encanta cómo es, a pesar de que sea así de desastre y de que su vida no se corresponda con la de un adulto de su edad. Decirle que me encanta su sonrisa, su nuevo corte de pelo, sus manos de músico, su manera de escribir o más bien de describir: con una sutileza muy sugerente y unos sentimientos que tan pronto como se asoman a través de un relato, se vuelven a esconder en lo más recóndito de su alma. Ojalá pudiera decirle todo eso y más, en lugar de sentir esas punzadas en el estómago, como de hambre, y enfrascarme en una infinita espiral de divagaciones.

Él simplemente se echaría a reír si le viniera con algún discurso sentimental, que, por otro lado, me serviría de pretexto para saber qué es lo que piensa y lo que siente él. Guarda sus emociones en una cámara acorazada., en vista de lo cual yo también oculto las mías, expectantes por salir a la luz. Pero las mantendré bajo llave hasta una ocasión propicia, si es que esta se produce; si no, el destino lo habrá dispuesto así y lo aceptaré con resignación.

Nos despedimos hasta una fecha indeterminada, o más bien hasta que le llame y le pregunte, como si no conociera ya la respuesta: ¿cuándo te va bien quedar? Él me dirá algo así como “cualquier día es bueno, yo tengo toda la vida libre menos los sábados por la tarde”. Cualquier día es bueno, amigo mío, cualquier día es bueno.