Soy una hormona andante ahora mismo. Y no sé si será que he contraído el síndrome de la locura primaveral - estival o realmente es esa sustancia que me inyecto por vía subcutánea lo que me hace estar tan hiperactiva. En la clínica ya me advirtieron: "vas a estar un poco más sensible de lo normal, más irritada, vamos, como si tuvieras la regla". Pero nadie me había hablado de ese derroche de energía, de dormir y comer mal, de pasarme el día pensando en tonterías.
Cuando la gente me oye hablar de las punciones, contrae la cara en una mueca de dolor y me pregunta con horror "¿duele mucho?" Yo les contesto que bastante, a lo que algunos, incluso, replican con prudencia que tal vez no vale la pena hacer eso por dinero. La cuestión es que yo no voy a donar óvulos solo por dinero. Lo curioso es que cada vez que lo pienso, la primera idea que me viene a la mente no es la compensación económica, sino que voy a hacer feliz a una mamá. Pensándolo bien y teniendo en cuenta que el mayor sueño de algunas parejas es poder ser padres, es una manera de ayudar muy gratificante, de contribuir al bienestar de un individuo y que no me perjudica en nada a mí.
Me alegro de no tener prejuicios ni dilemas éticos. Lo único que me hizo dudar de si donar óvulos o no es la intervención quirúrgica, que me hace recordar cuando me operaron de apendicitis. Y me siento, por qué no decirlo, orgullosa de haber superado esa frontera y haber dado ese paso. Sentirse valiente le produce a uno un sentimiento de satisfacción semejante a la soberbia. Pero no es soberbia. Es la sensación de libertad que uno experimenta cuando pierde el miedo al miedo. En la mayoría de los casos, es el miedo lo que nos limita y nos paraliza, impidiéndonos tomar riesgos que, tal vez, nos llevarán a realizar nuestros sueños. O, en este caso, los sueños de los demás.

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